Gabriela Rigñack Peña : Droga
Secuelas de la COVID-19
Ya nada es igual, todo cambió: Mis padres, mi casa, mis ganas, mis gustos…yo. Primero todo era hermoso, apacible, lleno de vida, luego todo se volvió gris, lo que alguna vez fue, se me iba vendo de las manos, la vida como la conocía y el encuentro fugaz con la realidad. Recuerdo mi cuarto grado, me emocionaba llevar otro conjunto que no fuera la pañoleta azul. ¡Pañoleta roja! ¡Qué emoción! me veía grande, crecía, un par de años más y a la secundaria, no había interrupciones, cargaba con las ganas de un gran futuro; pero, estaba muy lejos en saber que una pandemia transformaría mi vida. ¿Una pandemia?
— ¿Qué es mami? — pregunté con incertidumbre, común a esa edad donde la inocencia no alcanza a comprender los peligros.
— Es el brote de una enfermedad que se extiende por todas partes — me respondió de forma lacónica.
Y si antes no entendía, ahora menos, pero las calles comenzaron a quedarse desiertas, se cerraron lugares, se limitaron las fronteras y el mundo comenzó a paralizarse; ajena a la situación, pensé que no era nada tan importante pues para acabar con eso estaban los médicos, que todo sería más fácil, sencillo, cuestión de tiempo, lo cierto es que no hubo más escuela, no más salidas, no más alegría, se apagó el universo, tan bien se apagaron las voces. El día a día fue otro. Mascarillas, lavado de manos constantemente, alejarse de otros metro y medio de distancia, personas conocidas y otras no, fueron yéndose para no volver. Parecía pesadilla. ¿Parecía? Lo fue en realidad. Inventé juegos, dibujos nuevos, pero encerrada; sin visitas y sin visitar a nadie, creyendo que pronto sería el fin, pero duró mucho tiempo. Estar dentro de cuatro paredes al comienzo es regular, luego se hace insoportable. Bailé, me llené de ganas de caminar y por eso lo hacía dentro del hogar, en el cuarto y me estuve diciendo a cada rato ya será el fin, ya será. Sin embargo parecía un laberinto como en el minotauro, donde tendría que aparecer el mágico hilo de Ariadna.
Los días pasaban y eran cada vez más inmensos, eran desesperantes, rutinarios mientras la vil enfermedad hacía de las suyas dejando muerte y dolor a su paso, desgarrando la vida que al igual que yo, algún día pensaban en volver pisar el suelo de la calle por donde alguna vez estuvieron caminando.
Pasaba horas frente al espejo que me servía para recordarme que estaba allí todavía, sana y salva junto a los míos.
— Estoy sana — me decía, y repetía – yo estoy aquí, buscando ruido en medio de tanto silencio
Comencé a planificar muchas cosas, desde no dejarme engordar hasta leerme al menos la mitad de los libros del librero de mami, eso no fue posible, aunque pude leer algunos. Día a día esperaba que todo cambiara, soñaba con volver a ver el mar, ver a mis amigos, pasear…ser feliz. El tiempo transcurría con extrema calma y se hacía más complejo entender que era inminente el encierro puesto que era la única manera de evitar el contagio. En realidad estaba recluida y ahogada en mi propio cuarto con el profundo vacío interno que estaba creando.
No había manera de salir, estaba confinada al encierro y atrapada en un pozo sin fondo, me estaba volviendo loca, necesitaba ayuda urgentemente o si no iba a explotar,
— ¿qué pasa mamá? — suplicaba
— ¿por qué lloras? — inquiría con cierta desesperación.
— ¿qué sucede Papá, por qué tan estresado? — Y a mis preguntas la evasión era la respuesta segura por muchos días.
— ¿qué es lo que ocurre? — Sus expresiones eran novelas que tratan de preguntas y respuestas, de esas que te dejan en suspenso, donde te sientes llevada por un huracán de problemas.
Mi relación con mis hermanos fue muy curiosa: mi hermana, una joven muy amorosa y sencilla, estudiante de Medicina, inteligente; mi hermano, más joven que ella, pero ¿qué pasaba con mi hermano? ¿Por qué todos se preocupan por él? Me dejan de lado, ¿lo quieren más a él, no? Es su hijo preferido, la intriga me mataba entre la pandemia, los días fríos, las cosas ocultas sin revelar: ya no tenía salida, se acabó; necesitaba saberlo, sí o sí. Una noche lo escuché hablando solo, pero tenía mucho sueño, así que me acosté a dormir dándole poca importancia; me prenden la luz de repente, era mi hermano, parado junto a mí, me preguntó qué hacía.
— Voy a dormir — le dije —, es tarde, duerme ya — le volví a decir —.
Me respondió que quería hablar conmigo, mi hermano nunca hablaba conmigo. Me dispuse a escucharlo, se sentó en la sala y comenzó a hablar, me decía cosas sin sentido, cosas que en esos momentos no entendía, pero después iba a comprender, esa noche de insomnio duró mucho, aquella charla con el muchacho de 16 años que decía ser mi hermano, cómo olvidar esa plática, fue aterrador, su voz, su cara, sus ojos no eran los mismos, quería irme de allí, quería dormir, el sueño me vencía, el insistía constantemente con una frase, la misma que repetiría por 4 años y que hasta ahora me atormenta; la luz del sol acariciaba las ventanas de mi casa, había amanecido ya ¿ese infierno acaso nunca acabaría? Pero llegó la peor parte. Parece. Ya de día, aquel joven que no conocía me hizo salir a la terraza de la casa, casa cuyas paredes son testigos de lo que pasaba tras bambalinas, en contra de mi voluntad salí de mala gana, los rayos de luz eran intensos, me cubría la cara constantemente, no paraba de hablar, hasta que él llegó a una conclusión, pienso, analizo, que tal vez esto sea una broma de mal gusto, me dije en ese segundo de reflexión,
— Soy Dios — afirmó —
Esa expresión me dejó pensando nuevamente, — ¿a qué se refería con esa insinuación? —
El Cristianismo siempre estuvo presente en mi vida, pero aun así no tenía idea de qué hablaba, yo solo asentía, eso empeoraría las cosas, estaba aturdida, no había dormido nada…
Me sacudía y me repetía una y otra vez, — yo soy Dios —, casi gritando, repetía.
Me mencionó que el no veía pecado, y podía hacer conmigo lo que quisiese.
Mi yo de ese entonces no comprendía, me sumergí en la angustia propia, recuerdos que no quiero que regresen, palabras las cuales no quiero recordar, me quitan el aliento y me secan el alma.
En el confinamiento pasaron cosas oscuras y desagradables, notas graves y desafinadas, caos total que dejan heridas insanables, dolor, inexistencia, cicatrices de por vida. ¡Que dolor!
Estaba asustada, veía la inmensidad de lo que estaba pasando y no sabía cómo enfrentarlo, ni lo que sucedió esa noche, ni lo que sucedería en las venideras, ni lo que estaba sucediendo, me encontraba con un cuchillo en la garganta, tragaba saliva a más no poder, recuerdos que pasan como flashes y se sienten como una descarga eléctrica. Del resto del día solo recuerdo vagamente cómo se llevaban a mi hermano, al fin a descansar.
Después de eso yo… extrañé cada momento en que fui feliz porque algo en mi cabeza me decía que debía ser fuerte.
Se prendieron las luces y se subió el telón, damas y caballeros he aquí la historia de mi vida.
Llegó el tan esperado invitado, se rindió en un profundo sueño, y solo yo lo miraba de reojo, caía el Sol y tenía más y más miedo por cada segundo que transcurría, y aun así no podía evitar la noche, al dormir me sentía observada, mi mente dibujaba garabatos para no pensar, a pesar de todo contaba con la compañía de mi hermana; sin embargo, ella no se encontraba ahí. Tenía un pavor irracional, pero seguía viviendo por soñar, porque soñar es vivir dormido en un mundo de realidad vacía.
El momento se congelaba, corría pero no podía llegar a algo, una verdad, una respuesta, cualquier conclusión…
Empecé mi amistad con el miedo, necesitaba hablar y mis palabras no salían de mi boca. Reía externamente con mis conocidos, pero al final no sabía si era real ese sentimiento.
La Covid avanzaba, me entristecía más y me decepcionaba, y perdía interés en todo, bueno, aún sigo preguntándome cómo estoy aquí, la inquietud seguía ¿qué sería de mí?…ya mi hogar no se sentía igual, y en las noches sentía miedo, comencé a interrumpir el horario de sueño de mis padres, con cualquier excusa, para poder conciliar el miedo.
Mi Papá es un hombre con personalidad y carácter fuerte, pero eso no le resta amabilidad y cariño, él es tranquilo, adoro estar cerca de él, por esa razón contundente me pasaba para su lado en la cama; al contrario de mi padre, mi madre es nerviosa, seria, reservada, no es igual a mi figura paterna que tanto admiro. Ella dice que soy rebelde, soy rebelde porque me niego a ser esclava de las reglas absurdas impuesta por la misma sociedad.…
Cuántas incógnitas había en esta familia, y cada vez aumentaban más…en el cuarto del fondo, se oían murmullos, qué hablarán, será algo muy grande.
— El médico dijo que era drogadicto — escuché decir.
— ¿…?
— Ya lo llevaba en la sangre hace años — dijo mi papá, y preguntó después a mi madre — a qué edad dijo la doctora.
— Desde los catorce años, probablemente — dijo mi madre.
— ¿De qué rayos hablaban papá y mamá? Me preguntaba yo.
Me traicionó un estornudo y tuve que aparecer como luz ante el sonido, miraba fijamente a mis padres,
— Mamá, qué es un drogadicto — le pregunté y volví a inquirir — ¿Y por qué seguimos sin pasear?
Cómo me responderían, no sabía, ni ellos tampoco, parecían buscar alguna respuesta adecuada. Salí del cuarto sin ninguna duda resuelta. Aunque amaba a mi hermano, sentía ¿miedo? ¿Por qué le tendría miedo a mi hermano?
Violento, es qué se pondría violento y ya se tornaba bastante preocupante. Por otro lado transcurrían los días de pandemia, sumado a su lista de desgracia otra más, esta, la nuestra. Como si fuera una burla cruel. Si cada vez eran más las víctimas, peor el encierro, el dolor, el sufrimiento.
La pandemia de la COVID-19, causada por el coronavirus SARS-CoV-2, surgido en China y extendido por todo el mundo en pocas semanas, y que en meses recorría la geografía planetaria. Millones de contagios, más de un millón los fallecidos a pocos meses de surgir. Una pandemia catastrófica, secuelas desconocidas de la enfermedad, nada de vacunas inicialmente, después vacunas sin conocer sus riesgos potenciales posteriores como daños colaterales. El distanciamiento y aislamiento social, el colapso de los sistemas sanitarios en países ricos de la culta Europa, contracción económica, parálisis del turismo y del movimiento comercial por el mundo, tantas secuelas económicas y sociales junto a las de la salud humana. Entierros de cadáveres en fosas comunes y creación acelerada de nuevos espacios para los fallecidos. Triste impacto por el mundo; también en Cuba. Estados Unidos y Brasil, focos de transmisión en América Latina. Yo y mi familia sin contagio, una terrible pandemia nos sacude, pandemia que deja secuelas indubitables, de impacto inconmensurable. ¿Qué nos deparará la vida?
El Hospital donde lo llevaron estaba lejos, no lo veía y para mí era un alivio. Ya entes había estado en otros hospitales, por diferentes afecciones de salud, él era un joven con numerosos padecimientos y siempre fue el centro de atención familiar, lo que me causaba un sentimiento de desatención a mí, siendo más pequeña, me parecía que le querían más a el que a mí, sin percatarme por mi poca edad, que debía ser así, pues mi salud física y mental era saludable, al menos en ese momento; la de él, no, era desajustado.
No lo recuerdo, ¡dos!, creo que fueron dos veces, dos veces inyectaron en mí las sustancias de la cual dependería mi vida si alguna vez me contagiara de la mortal enfermedad, fue una oportunidad. La vacuna cubana, después de numerosos estudios de urgencia con diferentes grupos cuando solo era un Candidato vacunal, con grupos de riesgos, después con el autorizo para adultos mayores de 65 años, después para toda la población mayor de 18 años; al fin para los menores, edad en la que yo me encontraba, ¡ay!, qué bueno, así podía ver a mis susodichos compañeros de clases. Y llegó el día, día soñado, salir a la calle, ver la escuela, mis compañeros, recordar el tiempo pasado, las caras que en la mente tenía escondidas. Ese pequeño pero gran rayo de esperanza me invadió, mi gran pesar era
— ¿cómo hablaría de nuevo después de tanto tiempo? — me martillaba la duda.
Es triste ver a tus amigas y amigos, distanciados, con mascarilla tapando el rostro, sin darle un beso ni la mano, no tocarlo ni sentir en las yemas de los dedos la piel del otro ni ver la sonrisa o expresión del rostro, no exteriorizar la alegría ni recibir el mensaje de afecto del otro por medio del abrazo. Con pocos dialogué, había una barrera de los educadores y personal de salud, de las familias. Había alegría y tristeza, una mezcla rara de sentimientos.
— ¡Vanessa! — Llamé a la amiguita de aula.
Un gesto de saludo distante y el brazo de la madre como barrera para no permitir el acercamiento y un monosílabo por respuesta: — ¡Gabriela! —.
Y se repetía así con los demás mientras se ingresaba al local de la escuela convertido en vacunatorio. Te recibía la enfermera, tomaba tus datos generales, llenaba la tarjera de vacunación, después pasaba al médico, preguntas van y vienen, el historial de enfermedades, toma de presión, temperatura, etc; después el pinchazo, el momento de preparatorio con la jeringa, ver la aguja penetrando en el frasco que contiene el preparado vacunal.
— Súbete la manga — dice la enfermera al tiempo que de inmediato esteriliza la piel y. ya la aguja penetra en la piel sin molestia alguna. –Ok — dice. — ya estás vacunada.
Todo organizado y rápido. Era la primera dosis. Todos teníamos un freno ese día, saludos a distancia, el temor ensombrecía la atmósfera.
— ¡Marcos! — Su respuesta con un gesto y lacónico.
— ¡Gabriela! — y con el gesto un beso con la mano desde su boca cubierta con el nasobuco.
Así, más o menos, se repetían las escenas, incluso cuando estábamos sentados a la espera con sillas distanciadas a más de metro y medio tanto en filas como hileras, era tétrico el ambiente.
— ¡Leyna! — llamé a una buena amiguita, con quien conversaba por teléfono varias veces en el día, pero la Directora y otro adulto no permitieron el acercamiento.
— No se pueden acercar, hay que estar distanciados y callados — dijo la maestra.
No quería parecer hipócrita o que no me interesara, después de todo seguían siendo mis amigos, pero de algunos no recordaba ni sus rostros; bueno, algunos de ellos, y puede que no haya pasado tanto tiempo como para decirlo de ese modo, pero estaba tan ocupada luchando internamente con mi debate emocional, que tal vez solo por esa vez se me habían olvidado. Fue mi primera salida la primera dosis de la vacuna Abdala con la que me inmunizaron, fue mi primer encuentro con mis compañeros de aula y con la escuela, me parecía habían pasado años cuando realmente no fue así.
No tenía idea de lo que hacían, sabrá Dios si estuvieron bien, o solo fueron ideas mías, espero no todos hayan pasado por tantas desgracias. En mi familia no hubo enfermos por la COVID-19, sufrimos la secuela de una cruel enfermedad mayor, silente también, pero que destruye la capacidad de ser. No sabía cuántos de mis compañeros de escuela habían enfermado, o sus padres o familiares; ni sabía de los fallecidos ni de las condiciones de vida de ellos como secuela de la pandemia y por la situación económica que cada día era más agobiante en el mundo y muy dura en Cuba para cada familia. Tantas cosas me golpeaban, creo estaba enferma de tanto pensar.
Qué curioso era dar clases mediante la televisión, no era lo mismo, si más bien era cómodo, seguía siendo de igual manera aburrido, nunca las vi, según yo, eran simples teleclases; yo era inteligente, y a pesar de recordar con desgano a la maestra que tuve hasta el inicio de pandemia, confiaba en mí y en mis lecturas más que en las teleclases. Mis padres ni sabían que yo no atendía a las teleclases y mirar desde lo más alto de mi casa hacia la calle era la única forma de sentirme más libre.
Escuchaba mucho hablar de vacunas, no sabía de eso, tampoco era que me interesara mucho el tema. A partir de la primera dosis mi pensamiento cambió; yo había tenido presente cosas más importantes en la mente, como incrementar más mi relación con mi hermana, a veces pensaba que no me querían, ahora sé que mi hermana era solo una adolescente frustrada, que al igual que yo, quería que todo esto terminara, tengo un fetiche muy grande con ella, creo que en ese momento había que dejar las diferencias a un lado, a pesar de todo ella era mi lugar seguro.
¡Que genialidad del país crear vacunas! De todas formas era lo más necesario. Si, en aquel momento no tenía idea de la importancia de la vacuna, nada sobre ello conocía, exceptuando las vacunas que desde muy pequeña cada año nos ponían o debíamos tomar, recuerdo el caramelo vacuna, Si, a los niños de Cuba se les inmuniza desde temprana edad contra diferentes enfermedades, las que muchos años atrás constituían una causa importante de muerte infantil.
Lo importante de la vacuna contra la COVID-19 radicaba en el impedimento de Cuba para adquirir vacunas por las medidas y sanciones impuestas al comercio con la isla por parte de los Estados Unidos. Yo no lo conocía con exactitud, pero en Cuba hasta los niños saben del Bloqueo contra el país, sin tener en cuenta todos los detalles y circunstancias alrededor del tema. El país por sus pocos ingresos económicos y la carencia de divisas no podía adquirir ni las vacunas chinas ni tenía acceso a las vacunas de la Organización Mundial de la Salud. Solo los científicos cubanos podían buscar una solución a semejante problema de salud, muy complejo en las condiciones económicas de la nación. Fueron cuatro los Candidatos vacunales, todos con un simbolismo patriótico: Soberana I, Abdala, Mambisa y Soberana II Aunque seguían los contagios y las muertes, las vacunas fueron bajando la cifra de reportes de casos y con la introducción de nuevas cepas del virus, se introdujeron también de forma general Abdala y Soberana I, TAMBIÉN LA Soberana II y la Soberana Plus. Resultado en poco tiempo: control de la pandemia, disminución de contagios y la muerte por estos casos bajó rápidamente. Las vacunas cubanas comenzaron a exportarse a otras naciones y llegaron a Italia, Venezuela, Vietnam, México y otras naciones del Caribe y a otras regiones del mundo. Fue genial contar con una vacuna propia y acabar con los reportes diarios con abultada cifra de contagiados y fallecidos
Y seguían y seguían los días, hablar por teléfono ya no era divertido, me quemaba la idea de estar de nuevo junto a mi hermano, creo que por fin, cuando abrí los ojos todo gracias al celular, pues los libros que leía en ese entonces no tenía tanta información sobre la situación actual de mi hermano, ¿qué es un drogadicto? Esa era la única pregunta que me corroía, y aunque no era de mi incumbencia, yo quería saber.
Pisar el pavimento fue la mejor sensación, y solo fue ir a la vuelta de la esquina, así empezaría a retomar mi curso escolar, me había acostumbrado tanto a estar en casa, que levantarse temprano no era una opción, más bien un desafío, hay veces que comenzaba a soñar feo, y el sueño se iba, así se hizo más frecuente, hasta el punto que el resplandor del sol chocaba con mis ojos, ya no quería mi cama, todas las noches terminaba en el sofá, nunca debí pensar tanto, sobre pensar jamás fue una buena decisión, no me siento traumada, de igual manera necesito estar bien y no puedo.
El primer día de escuela fue abrumador, todos al igual que yo, sabían que todas las sonrisas y salud eran falsas. El regreso lo empecé a odiar más, cuando me buscaban tarde, hay veces que después de tres o cuatro horas de la salida habitual, era la única niña en toda la escuela, y yo no tenía el derecho de reprochar nada, siempre era la misma respuesta “estábamos ocupado”, creo que por eso me desilusioné tanto, no logré cosas que quería, que podía ser, tan solo una simple división me explotaba la cabeza, nunca fui de bajas calificaciones, supongo que me esforcé tanto en superarme en lo que no era buena, que dejé de lado las cosas en la que era la mejor, el sentimiento más alegre era cuando me señalaban porque sabían que iba a ganar yo. Puedo decir que mejoraron las cosas con respecto a la COVID-19 en muchos aspectos, pero dejando eso de lado, el beneficio que me aportaba era simplemente maravilloso, las clases de arte o preparación, creo o que fue mi mayor sueño, ver mis futuros cuadros en una galería, pero no todo dura para siempre y a pesar del talento, lo único que me faltaba era la dedicación de mis padres, no los voy a culpar a ellos, nadie tiene la culpa, solo no era mi momento, nunca lo fue.
No voy a quitar el hecho de que los maestros influyen en el desarrollo emocional de un niño, íbamos a la escuela a ser tratados como soldados, a veces las cosas pasaban el límite y terminaban en el maltrato, las hojas de copia que tuve que hacer si quería merendar a la hora del recreo eran incontables, le perdí el gusto a reírme, no puedo hablar nada más de mi cuarto grado, un libro no sería suficiente para contarlo todo. Tampoco la comprensión que dan los adultos a los niños o jóvenes no era la mejor, “persona grande problema grande, persona chiquita problema chiquito”, solo me quedaba callarme y seguir adelante, mientras transcurrían los días. Ya con mi hermano en casa, me fui dando cuenta del cambio en su actitud desinteresada, creo que todos se vuelven iguales cuando crecen, yo esperaba nunca crecer. Así entré a mi quinto grado, nada cambió, seguíamos usando el mismo protocolo de seguridad, pero el trato a los niños era distinto, había más calma, más compasión, allí conocí a la primera persona que cambió mi vida, la profesora que se convirtió en mi baúl de secreto; no solo el mío, sino el de todos mis compañeros y aunque no nos aterraba el hecho de ser castigados, no confiábamos mucho, solo había que esperar, las cosas se desarrollaron bien con esa profesora, fue la mejor fase en la escuela, esa persona fue más que especial, pero… siempre hay un pero, siempre hay algo que se interpone entre yo y el éxtasis.
El tiempo paso diligente y ya estaba en 6to grado, con pesar de algunas cosas que todavía callaba, no sabía que era crecer, estaba en mi momento de plenitud, algo más me perturbaba,fui perdiendo hábitos, costumbre, mi familia perfecta se había desmoronado, sucedió y no me cuenta… siendo la autora de mi propia historia, no quiero tomar ningún papel, y seguir escribiendo en vano
Era yo contra mi propio mundo, empecé un nuevo año creo que esta es la edad donde llegan los intereses, consigo el desenlace con otras personas, y pese a tener ese tipo de interés por alguien, seguía recordando la sombra de mi hogar y todo lo que habita en ella, si llegara a la conclusión de este a o sin la decepción de un amor en una adolescente entristecida, ya no sería mi historia, y si había algo que describiera ese sentimiento era la carta que le escribí
Te deje unas palabras debajo de tu puerta, no si eran cartas, tal vez eran poemas, pero te deje unas palabras debajo de tu puerta, y aunque no las leas te acordaras de mí, pues puse ahí todo lo que sentí aquella vez tan fría, mientras yo me dormía sintiéndome junto a ti, voy a despedirme aquí, y de la oscura soledad, pues mi piel siempre tendrá el dulce néctar de tu aroma. La verdad por si sola siempre llegara, y todos sabemos que al final será déspota y cruda, veré tu alma partir y mejor le digo adiós, sabiendo que ni yo, quería dejarte ir. En la orilla de otra vida encontrare de nuevo tus ojos, viéndome en el reflejo engorroso de todo lo que alguna vez fui…
No quería ponerme punto final, pero el tiño mi hoja con tinta negra y mancho la historia con desdén, y no puedo odiarlo, mas odio el hecho de no poder hacerlo pero me dolió mas eso, que todo lo que estaba pasando.
Se suma al dolor otra discusión más, y vuelve hacerlo, se vuele a drogar, y vuelve atrás, al fondo del abismo, se siente frio.
Yo misma había mezclado todo, me siento diminuta, y mientras la oscuridad me traga, sigo aquí, mirando hacia el pasado viviendo en mi presente, ¿sabría dulce mi felicidad, la mía tenia ojos preciosos, y mientras se va diciendo adiós me quedo perpleja y estática, no lo voy a borrar de mi como él me está borrando de su vida, pero la mía sigue, otro año perdido, ya es diciembre, otro año perdido n ya no hay pandemia pero la verdadera enfermedad es mi casa, y me esta matando.
¿Soy mala hija? me gustaría ser mejor, no me voy a quejar de mis padres, ellos no tienen la culpa, otro ingreso se hace necesario para que el retome su vida, no tengo una solución, nadie la tiene, ahora más que nunca siento que debo irme, otro mes sola, pero mirando del otro lado, hay problemas a los que valen la pena enfrentarse, pero ni yo ni el problema valemos la pena, así que voy a dejarme ir.
¿Fin?
Es el fin del comienzo, y tratando de reanudar el vínculo que queda, mientras más avanza, más temor, se incrementa, y si la alegría me abarca desde otro Angulo todavía tengo a mi familia.