Daniela Beatriz de la Rosa Abreu : Arte y COVID-19 en mí
Yo, antes de la pandemia en el año 2020, era una niña muy feliz; iba a la escuela, jugaba con mis amigos, paseaba con mi familia a muchos lugares, estaba en la compañía teatral de La Colmenita, donde asistía todos los sábados. No imaginaba que una gran pandemia atacaría al mundo entero, en ese entonces tendría unos 8 años, era una pequeña, inocente y joven niña; era, a pesar de mis 8 años, tan libre como un pajarillo, como ellos que vuelan de rama en rama y de un árbol a otro o surcan el cielo en su migración, yo iba de un lugar a otro o pedía me llevaran allí, allá o más allá, y siempre la luz verde era posible para mi vuelo, sola a sitio cercano como casa de amiguitas, o acompañada por mis padres y otros mayores siempre solícitos a los requiero de la niña protegida por la familia cuando deseaba algún lugar distante.
Las vacaciones de 2019 fueron fabulosas, fui a muchos lugares, pero el más importante fue la semana en Varadero, esa playa, la más bella de Cuba y un destino turístico importante del turismo internacional de playa y sol, que atrae a cientos de miles de bañistas que arriban al país por numerosas vías y agencias de turoperadores de todos los continentes. Mi tío, el afamado músico Alexander Abreu Manresa, me regaló celebrar mi cumpleaños de los 8 añitos, el 13 de julio, en Varadero, con la reservación del 11 al 15 de julio de ese año y así celebrar el cumple mío y el de su hijo que los cumplía el 16 de ese mes, el día siguiente de concluida la reservación. No olvido la manilla naranja que me pusieron en la carpeta del Hotel Internacional de Varadero, esa bella y emblemática instalación turística visitada por famosas personalidades de la política, la educación, la cultura y de muchas e importantes esferas de la vida cotidiana del turismo, del ocio, la diversión y… años atrás, cuando Varadero era emporio de los zares del juego, el narcotráfico, los casinos y de la farándula, se reunían en sus instalaciones de lujo privativas de acaudalados poderosos y hoy al servicio de todo el pueblo y del turismo. Con mi manilla, que no podía quitarla de la muñeca y que me acompañó todo el tiempo, igual que sucedió con el resto de los huéspedes, tenía acceso a todas las instalaciones del hotel y las extra hoteleras ¡como tomé refrescos!¡como comí panes con jamón! Sí, disfruté todo lo de tomar y comer, de la playa y piscinas, de los juegos y de las distracciones, de las comodidades de las habitaciones, de las cosas que en la casa jamás tuve ni tendré. Todo lo de esas vacaciones lo recuerdo. Antes había estado en Varadero, hospedada o de viaje de ida y vuelta a la playa; después también he vuelto, pero nunca como en el 2019 cuando me celebraron el cumpleaños en el hotel y fui el punto focal de todos los turistas ese día, desde que al abrir los ojos la luz de la celebración me sorprendió. En el desayuno, almuerzo y en la comida todo fue esplendor y delicada y tierna expresión de amor familiar y aplausos y rostros alegres con ¡Felicidades! ¡Feliz día! Con el tiempo comprendí que todas las expresiones de cariño tenían implícitas el reconocimiento a un artista famoso como mi tío.
Mi primo y yo disfrutamos mucho de la playa y de las diversiones y juegos diurnos, mis padres, tíos y abuela se alternaron para cuidarnos en la noche cuando los mayores disfrutaban de los espectáculos que no debíamos ver, y veíamos en esas horas la tele y jugábamos en la habitación hasta caer rendidos por el día de playa, juegos y todo lo que se nos ocurriera por el día. Varadero de 2019 quedó atrás y también los recuerdos, los que circulan veloces por mis neuronas y que he reconstruido con mis propias vivencias y la ayuda de mis familiares para este proceso de reconstrucción de acontecimientos para escribir mi historia reciente.
El inicio del curso escolar 2019/2020 fue normal, yo me encontraba cursando el 3er. Grado, el que se inició el 2 de septiembre hasta el receso de fin de año, que coincidió con el día 20 de diciembre de 2019, y que en el mismo se desarrolló la actividad para homenajear a los maestros en ocasión del Día del Educador, — se celebra cada año el día 22 de diciembre, que en este año coincidió que el domingo, día de receso semanal — por lo que la celebración se realizó ese día. Las clases se reanudarían el 6 de enero del 2020, ya en ese entonces cobraba fuerza la COVID-19. Mi escuela nombrada Francisco Pérez Germán, muy cercana a mi casa, me acogió desde que, procedente de la provincia de Cienfuegos, inicié el prescolar, antes había estado en Círculo Infantil en mi provincia de origen, de la que buena parte de la familia se ha mudado para La Habana, aunque no olvidamos nuestros orígenes y seguimos pensando como el Beny: “Un cienfueguero en La Habana”, porque las raíces no se pueden olvidar. Al inicio del prescolar nos habíamos mudado para mi actual municipio, Guanabacoa, pues mis padres vendieron la vivienda de Cienfuegos y con ayuda familiar se compró esta vivienda, la que a pesar de tener solo dos cuartos posee buenas condiciones técnico constructivas y numerosos espacios interiores así como amplio jardín y patio posterior. Es una vivienda confortable para nuestro núcleo familiar compuesto por mis padres, abuela y yo, que soy la primogénita del matrimonio de mi padre y madre.
En marzo del 2020 estaban los rumores de que en el mundo había una pandemia originada en China, que extendía por todos los Continentes, no le hice mucho caso, ya que pensé que no iba a llegar a mayores consecuencias, además los niños no nos preocupamos tanto por esas cosas hasta que nos impactan. Todo seguía igual en la vida rutinaria de un escolar hasta que un día, por el noticiero, informaron de los primeros casos de la temida COVID-19 en Cuba. Me impresioné y comencé a asustarme un poco, se mencionaba al Nuevo Coronavirus SARS-CoV-2 y a la COVID-19 como la enfermedad que el virus ocasionaba, ¿qué niña de mi edad podría entender semejantes términos? Luego del reporte oficial el 11 de marzo sobre los 3 primeros casos en la Villa de Trinidad, Ciudad patrimonial Cubana de la provincia de Sancti Spíritus, una de las primeras Villas fundadas por los españoles en Cuba, la que conserva los valores de un rico patrimonio arquitectónico colonial y arraigadas tradiciones culturales, a la que viajan muchos turistas extranjeros y donde existen muchas casas de renta particulares, además de hoteles y hostales, surgieron otros casos en extranjeros y nacionales procedentes de los países donde la COVID-19, ya declarada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como pandemia desde el 11 de marzo, hacía presencia devastadora por el mundo con una enorme cadena de contagios y fallecimientos; es así que el 24 de ese mismo mes mi país pasa al régimen especial de distanciamiento y aislamiento social de los enfermos, sospechosos y contactos y se establece un régimen especial a nivel de toda la Sociedad: se suspenden las clases en todo el Sistema Nacional de Educación y se cierran escuelas e instituciones de nivel superior así como se clausuran las actividades habituales del Sistema de Salud, las que adecuan sus actividades a la emergencia en curso; se prohíben los espectáculos públicos, las actividades políticas y religiosas, se cierran cafeterías y numerosos servicios y se establece un toque de queda de 10 de la noche a 5 de la madrugada con la disminución del transporte público mientras las actividades laborales adquieren otro sistema con disminución de la jornada laboral y el trabajo a distancia desde las casas en sectores no esenciales de los servicios y de la economía nacional; no podíamos salir de una provincia a otra, entre un conjunto de medidas que por actividades, sectores y ramas de la economía llegó a toda la Sociedad con un profundo impacto social y en la psiquis humana, tanto en lo individual como en lo colectivo, en una primera fase que tanta sorpresa había provocado y que con los meses posibilitó perder la percepción de riesgo real en los jóvenes y en familias temerarias. Cuando se inició un proceso gradual de disminución de contagios gracias a las medidas de prevención y se trató de ir restableciendo servicios y actividades socioeconómicas, volvió el rebrote de la enfermedad con una ola de nuevos y masivos casos, se adoptaron medidas más severas, incluso el Toque de Queda comenzaba a las 7 de la noche y hasta las 5 de la madrugada, siendo precisamente los momentos más complejos en el país y para la vida de los ciudadanos, quienes además estaban sometido a un origen de abastecimiento especial y en condiciones precarias para la adquisición de alimentos, medicamentos, productos de aseo y limpieza, y hasta los de desinfección; inicialmente, desde los primeros días de la suspensión de clases, yo me lo tomaba como unas vacaciones divertidas, los casos empezaron a subir y yo veía que la situación no mejoraba, hasta que poco a poco caímos en una gran cuarentena, llegó el momento en que las vacaciones eran un poco más aburridas.
En uno de los primeros meses de haberse descubierto el virus en el país, mi abuela, una de las personas más importantes en mi vida, enfermó, yo estaba muy preocupada y triste, ya que tenía miedo que muriera, Era una adulta mayor, tenía 78 años, su condición era grave, por otro lado también estaba mi mamá que la estaba cuidando en el hospital y yo tenía miedo que se contagiara también; producto a todo esto me dio una especie de ansiedad por la comida, comía tanto que empecé a engordar rápidamente, no sabía qué hacer entre mi abuela enferma y el encierro, me estaba volviendo loca, desajustada emocionalmente, agobiada. Después de un mes de ingreso mi abuela salió del virus y poco a poco se iba recuperando; pero, siempre con atenciones especiales y con medidas de extrema protección con ella y con todos en el hogar. Mi vida se basaba en levantarme tarde, ver televisión y hablar por horas con mis amigos. Era tan irritante mi estabilidad emocional que mi mamá, en su desespero ante mi situación de estrés psicológico, me compró, como opción terapéutica, juegos de mesa para entretenerme, decisión que no me trajo solución a mis inquietudes; pues, aun así, solo pensaba en volver a la escuela, cosa que nunca pensé que diría. Llegó el 13 de julio, mi cumpleaños, primera vez que no lo pasaba rodeada de amigos y familiares, no fue el mejor cumpleaños, ya que todo el día estuve pensando en las personas que se estaban muriendo, ya no era lo mismo en mi barrio, estaba apagado, no se escuchaba música ni casi personas pasar. Las calles desiertas ni caminaban personas, ni transitaban vehículos, ni se escuchaban pregones ni vendedores. Todo era como un desierto. ¡El Sahara!¡Gobi! la estepa, un páramo. Todos los días le preguntaba a mi mamá cuándo se terminaría esta pandemia, aunque ella me decía que pronto, yo sabía que en realidad no tenía ni idea. Un día, a la Directora del Taller de La Colmenita, donde yo estaba al momento de decretarse el aislamiento, se le ocurrió la gran idea de hacer videos para que los niños pasaran una cuarentena feliz. Mi madre siempre me ayudaba a hacer los videos, me recuerdo una vez que me tuve que maquillar con ella, mi papá lo único que hacía era reírse de mí, ¡eran tantos los videos que me cansaba! pero yo seguía haciéndolos porque me gustaba mucho, pues me creía una actriz en los momentos de actuación. Fueron numerosos los videos que escenifiqué desde la casa sobre temas variados, desde cómo identificar a personas sordas y con discapacidad auditiva, por el Primero de Mayo, sobre atención y cuidados en las inyecciones y vacunación a niños pequeños, sobre siembra y riego de plantas o sobre el famoso músico Adalberto Álvarez Zayas y de otros numerosos temas que conservo en mis recuerdos y en los videítos que con la ayuda de mi madre grabamos. Muchas fueron las horas de preparación de vestuarios, de rodaje de las grabaciones, de ensayos y del producto final. Después de tanto tiempo salí en la televisión, cuando me vi en el Programa Al Mediodía del Canal Cubavisión de la TV, comencé a gritar, todos corrieron a mí pues pensaron que me había pasado algo, mis familiares de Cienfuegos me llamaban constantemente para decirme que había salido en la televisión y que todos en la Perla del Sur, familiares y antiguos vecinos, celebraban mis éxitos; aun así me sentía aburrida, ya era mucho tiempo, estaba cansada de estar encerrada en las cuatro paredes de la casa, ya era septiembre el mes cuando comenzaría mi cuarto grado, pero no podía iniciarlo porque la situación seguía mal, aumentaban los casos día a día. Un hecho que me marcó fue el cumpleaños de mi mamá y mi tía, no se podía salir, pero mi tío nos invitó a una casa en la Playa para pasar el día en familia, pensábamos que solo estaríamos nosotros solos, pero nos equivocamos, él había invitado a un grupo de amigos, con ellos la pasamos muy bien, fue una noche fantástica, en ese momento nadie se acordaba del virus, ni del aumento de los contagios, fallecidos ni de la crítica situación de la economía; pero, al día siguiente todas las personas empezaron a sentirse mal: mi tío, sus amigos y hasta mi tía que estaba embarazada, mi papá y otros familiares y amigos. Fue un momento muy duro para todos. Un festejo, un día de celebración podía contagiar con un virus y acabar con la vida hasta de una familia entera. Algunos ingresaron y estuvieron bastante graves, fueron semanas de consternación y sorpresas. Nadie escarmienta por cabeza ajena, lo que fue un día de felicidad — más bien un rato de alegría, con canto, tragos, recuerdos — concluía con días a posteriori de angustias y pesar, pues se conocía como comenzaba la enfermedad sin saber su desenlace final, el que en numerosos casos era mortal. Hubo lamentos y fe, pues ambas acompañan a los seres humanos en momentos aciagos de la vida, de los que siempre se sacan experiencias útiles cuando la sensatez ilumina la razón. No hubo mayores problemas posteriores, nadie se complicó ni se lamentó fallecimiento de familiar alguno de quienes celebraron rompiendo con las medidas de bioseguridad del país.
Semanas después, en mi estado de inocencia, comenté con mi madre:
— ¿Por qué mi tío no nos dijo nada de la invitación a sus amigos cuando decidió celebrar el cumpleaños? –inquirí con insistencia.
— El los invitó — me dice mi madre — después de organizar la actividad, me dijo que era para disfrutar todos con música y fuera de la pesadumbre del distanciamiento y fuera del nasobuco — y continuó afirmando —, él no sabía que la esposa de uno de sus compañeros estaba con catarro, según creía y sin saber que estaba contagiada con el virus.
Esa tarde noche tuvimos una larga charla, mi madre trataba de disminuir la responsabilidad de mi tío, quien todavía estaba ingresado aunque fuera de peligro
En parte la cuarentena no fue tan mala, gracias al encierro aprendí a cocinar, pasaba mucho tiempo en la cocina con mi abuelita y sus vivencias culinarias. Cocinar es un arte, el que cuando nace en la niñez se desarrolla en la vida para disfrute en el hogar. Hay que aprender desde los primeros año de vida que se come para vivir en lugar de vivir para comer y que la comida debe ser un arte con balance de nutrientes saludables y balanceados en sabores, que entren por los ojos su preparación y decoración para alimentar no solo al cuerpo, alimentar también el alma y que los colores de los alimentos lleven a los órganos del Sistema gastrointestinal al disfrute de los mismos en su proceso de transformación, asimilación y excreción de lo innecesario. ¡Cuánto aprendí?! Con mi abuelita aprendí a cocinar arroz blanco, moros y cristianos, arroz amarillo con pollo, con embutidos, hacer asados, variedad de frijoles, frituras, empanadas, dulces varios, sopas, caldos con diversidad de viandas, vegetales y con empleo de una amplia gama de condimentos y plantas aromáticas, tipos de ensaladas frías con pastas alimenticias y de vegetales…Y muchas sorpresas
También me empezó a interesar la agricultura, cosa que antes nunca me había gustado. Sembraba boniato, ají, habichuelas, yuca y otros cultivos en el patio de la casa, Mientras más tiempo pasaba allí, más me gustaba, era muy relajante para mi tocar la tierra con mis manos, regar las plantas, se me olvidaba por un minuto que no podía salir. Estas labores las inicié con mi padre por puro entretenimiento mas terminé en sentirla como una necesidad espiritual y forma de emplear el tiempo en algo útil y productivo, sobre todo después de las primeras cosechas, lo que siempre constituye un aliciente para nuevos emprendimientos. El tema de la agricultura y sus prácticas diarias me ha servido para exponer ante la TV mis modestos conocimientos en programas de agricultura urbana del Canal Habana y otros de Cubavisión, donde he podido informar y comunicar los conocimientos adquiridos y que tuvieron sus raíces profundas en el marco de la pandemia. Tanto las actividades agrícolas y culinarias y los videos para el Taller de La Colmenita amplio mis posibilidades de información y comunicación social, lo que ha posibilitado ampliar mi capacidad y habilidades comunicativas que hoy aplico a mis estudios de la enseñanza Secundaria Básica.
— ¿Qué conoces sobre la agricultura? — fue la pregunta lacónica en una entrevista para el espacio Verde Habana de la TV capitalina.
— “Conozco de la agricultura desde el dolor” — así respondí inicialmente, y continué eufórica — “mi conocimiento de la agricultura la vivencié con 8 años junto a mi padre, en los días tristes del aislamiento y distanciamiento social que la pandemia impuso en el mundo y en Cuba, cuando como parte de mi terapia me acerqué a ayudar a mi progenitor, el que se iniciaba como agricultor en el patio de la casa. Ahí nació mi vocación agrícola”
Mis aprendizajes en la pandemia me hicieron crecer aunque mantenía mi escepticismo sobre el fin de esta y veía distante volver a una nueva etapa de recuperación. La situación muy compleja, la que avizoraba una nueva crisis multidimensional, la que no dejaba de preocuparme a pesar de mi corta edad, abrió mi universo de conocimientos y deseo de emprendimiento, sin conocer a ciencia cierta qué era emprendimiento. Un buen día, cantaba viendo un video, y de repente anuncian que como la situación del país era tan crítica con el incremento galopante de los contagios y fallecimientos, iban a poner la norma que después de las 7 de la noche no se podría estar en las calles, yo no me asombré, pues no tenía esperanzas de que la pandemia acabara. Nos encontrábamos en la fase de transmisión autóctona limitada de la pandemia, un estado de mayor peligrosidad y de transmisión creciente del virus.
Se acercaban los días festivos de finales del 2020 y ya nada era igual, no pasaban carros, no había entusiasmo; en fin: todo apagado. El 31 de diciembre es un día festivo para los cubanos y para mí fue muy triste ver cómo ya no podía dar la vuelta a la manzana con la maleta, en la que se cargaban las cosas malas del año que terminaba. Yo, como tal, ese día lo pasé con mis seres queridos y cuidándonos mucho para no contagiarnos, ya casi era un años de los primeros casos de la Covid 19, estos aumentaban por días y seguían falleciendo personas; en lo personal yo seguía haciendo mis actividades, las teleclases y los videos; aun así, me sentía como prisionera. Yo, una niña, que salía a caminar con su mamá por horas, que jugaba en la calle, llevaba casi 10 meses acuartelada. La ansiedad por la comida aumentaba, estaba muy, pero muy obesa, no podía parar de comer, cosa que me hacía mucho daño, pues tenía un problema en la rodilla, el padecimiento es muy largo, es como si un huesito de la rodilla no dejara que el otro creciera. El peso que había adquirido no me hacía bien para la afección de la rodilla. Por más que deseaba dejar de comer, no podía hacerlo, era muy difícil para mí, mi madre me hablaba pero yo no podía controlarme. Me levantaba por la madrugada a escondidas para comer y llegué a pesar 58 kilos, un peso no tan bueno para una niña de 9 años.
Mi mamá es económica y en la Covid no paraba de trabajar físicamente en su centro y no tuvo la opción de trabajo a distancia, yo estaba muy nerviosa ya que tenía miedo que cogiera el virus, ella se marchaba para el trabajo a las 7 de la mañana y viraba a las 5 de la tarde en el ómnibus del trabajo, eso también me enfurecía ya que no podía pasar el tiempo que quería con ella; pero, bueno, si mamá o papá no trabajaban, quién llevaría el dinero a la casa. En ese momento no pensaba en eso, solo pensaba en jugar y estudiar, en eso se basaban mis días. En mi opinión los niños fueron los más afectados en esta pandemia, ya que vivíamos en una realidad distorsionada que nada podíamos comprender, y realmente nadie podía explicar. La Covid 19 ha dejado una profunda huella en la vida de muchas personas alrededor del mundo, para mi esta pandemia representa un desafío inesperado que puso a prueba mi resistencia desde el miedo inicial hasta la incertidumbre constante; cada día me enfrenté a dificultades y obstáculos, aprendí a valorar las pequeñas cosas y apreciar la importancia de la salud; a medida que la pandemia evolucionaba también descubrí una nueva forma de solidaridad y empatía, con la familia y amigos.
Llegó el proceso de los Candidatos vacunales cubanos, antes ya se vacunaba en el mundo y Cuba no tenía acceso a ellas ni a medios diagnósticos, jeringuillas ni al Oxígeno. Abdala, Soberana I y II, Mambisa y Soberana Plus resultaron los Candidatos vacunales del país, los que luego de diferentes ensayos y aprobación inició su aplicación selectiva a grupos de riesgo hasta su aprobación para la vacunación a toda la población por grupos etarios hasta llegar a los niños y con la aprobación del Órgano Regulador y con extremas medidas de bioseguridad.
La primera en vacunarse en mi familia fue mi abuela, después mis padres y finalmente yo, cuando se autorizó vacunar a los niños en edad escolar. Me vacunaron en mi propia escuela, la que sirvió de vacunatorio para varias escuelas del Consejo Popular donde resido. A pesar de todas las medidas de protección, de los horarios de apertura y cierre del vacunatorio con la idea de evitar concentración de personas, siempre nos encontramos con alumnos conocidos, siendo este un momento estelar por el reencuentro con amigos que no veíamos desde meses. Ni dientes ni nariz podíamos ver ni disfrutar de la risa porque el nasobuco o mascarilla, si se cumplen las medidas de bioseguridad, limitan disfrutar a plenitud los rostros. Con independencia de la prueba que representa el uso del nasobuco, del no abrazarse y de la relación personal distante a metro y medio, volver a dialogar con profesores y compañeros de estudio constituyó un aliento, una esperanza para acceder a la nueva normalidad, la que nunca ha dejado de ser anormal en las condiciones en las que Cuba ha quedado después de la pandemia.
A pesar del miedo y la incertidumbre, yo mantenía la esperanza. Cada vez que escuchaba noticias sobre científicos trabajando incansablemente para encontrar una vacuna contra la COVID-19, sentía una chispa de alegría y confianza. En el fondo, sabía que tarde o temprano las cosas volverían a la normalidad, y que podríamos volver a abrazarnos, a jugar sin mascarilla, a ir a clases como antes.
El día que mi mama me dio la noticia de que me tocaría vacunarme, me sentí feliz, como si me hubieran dado un regalo esperado durante mucho tiempo. Por un instante, se me olvido mi miedo a las agujas un temor que creo que herede de mi papa, quien apenas ve una aguja cerca entra en pánico. Siempre he pensado que los miedos a veces se transmiten como las canciones favoritas o los gestos en familia.
La vacunación estaba programada para las nueve de la manana. Ese día no me levante tan temprano como cuando iba a clases, pero si con mucha emoción; además, el lugar asignado para aplicar las vacunas era nada más y nada menos que mi antigua escuela primaria, un lugar lleno de recuerdos, juegos, travesuras y sonrisas. Solo pensar en volver allí me daba una mezcla de nostalgia y entusiasmo.
Antes de salir, mi mama me tomo muchas fotos. Me pidió que sonriera, que mostrara el brazo, que hiciera poses graciosas. Dijo que las mandaría a la familia y que subiría algunas a las redes sociales. Me sentía una verdadera celebridad, como si estuviera en una alfombra roja. En ese momento, me creía Zendaya, la actriz y modelo estadounidense que tanto admiro, porque ha ganado premios tan importantes como los Óscar y es ejemplo de talento, elegancia y fuerza.
La música y el arte, además, también son parte de mí. Casi toda mi familia por parte de madre canta o toca algún instrumento, así que no es raro que me guste expresarme y vivir cada momento como si fuera una escena de película o una canción. Creo que por eso me sentí tan especial ese día, como si estuviera interpretando un papel importante.
Al llegar a la escuela, vi a muchos de mis antiguos compañeros. Algunos estaban irreconocibles: más altos, más gorditos, con los rostros redondos como si se los hubieran inflado. Me sorprendió ver cuánto habíamos cambiado todos en tan poco tiempo. Aunque yo también estaba distinta, claro.
Me dio tristeza no poder saludarlos con abrazos, como solíamos hacer. Todo era más frio, más distante… aunque las sonrisas detrás de los cubre bocas seguían siendo cálidas.
Pasaban los minutos y mi mente, que al principio solo estaba distraída por los reencuentros, comenzó a recordar porque estábamos allí. Mi alegría comenzó a mezclarse con ese miedo punzante que crecía cada vez que miraba el brazo de alguien tras salir de vacunarse. Sabía que pronto seria mi turno.
Dentro de la escuela, reconocí a algunas de mis maestras. Me alegro mucho verlas. Me saludaron con cariño, como si no hubiera pasado tanto tiempo. También vi a mi mejor amiga de aquellos tiempos, Angélica. Ella fue más valiente que yo: se vacuno antes y salió tan tranquila como si nada.
Me dijo que no dolía, que apenas se sentía una picadura leve. Aun así, yo no estaba del todo convencida.
Finalmente, llego mi turno. Me senté en la silla negra de plástico que parecía más grande de lo normal. La enfermera que me atendería era una señora mayor, de rostro amable. Me saludo con un buenos días tan suave que por un momento me tranquilice. Me pregunto si tenía miedo, y yo, temblando como una hoja, le dije que sí. Ella sonrió con ternura y me dijo: Tranquila, esto es solo una picadura de mosquito.
Sin embargo, cuando vi la aguja… ¡Dios mío! Aquello me pareció enorme, como si fuera una lanza.
Cerré los ojos y, cuando por fin sentí el pinchazo, grite. Grite fuerte, tanto que todos me voltearon a ver con caras de sorpresa. Me asuste más cuando vi que me había salido un poco de sangre, aunque la enfermera me aseguro que era normal.
Salí con el brazo adolorido pero con el corazón liviano. Me despedí de mis amigos con sonrisas tímidas y volví a casa con mi mama, quien me tomo más fotos, como si hubiera regresado de un desfile de modas. Yo seguía sintiéndome como Zendaya, fuerte, valiente y hermosa.
Más tarde, le conté todo a mi abuela: los amigos que vi, el grito que pegue, la sangre, y hasta como me sentí. Ella solo rio y me llamo exagerada, pero en el fondo sé que le hizo gracia y que estaba orgullosa de mi.
Esa noche dormí profundamente. Mi cuerpo descansaba, y mi alma también. Había vencido uno de mis mayores miedos. Fue un día especial, no solo por la vacuna, sino porque sentí que el mundo, poco a poco, empezaba a sanar.
Unos meses después de la vacunación y tras la disminución de los contagios y los fallecidos, se fueron flexibilizando algunas de las medidas restrictivas y se restablecieron las clases y las prácticas laborales normales; el país pasó a un proceso de recuperación y a la fase de la Nueva Normalidad, la que no dejó de ser anormal por la continuidad de un grupo de medidas de bioseguridad.
Unos meses después de la vacunación y tras la disminución de los contagios y los fallecidos, se fueron flexibilizando algunas de las medidas restrictivas y se restablecieron las clases y las prácticas laborales normales; el país pasó a un proceso de recuperación y a la fase de la Nueva Normalidad, la que no dejó de ser anormal por la continuidad de un grupo de medidas de bioseguridad.
Con el reinicio de las clases en un curso de transición, la aplicación de normas de distanciamiento y uso del nasobuco, el no acceso de personal ajeno a las instituciones educativas y otras muchas medidas me inducían a pensar que la Nueva Normalidad estaba distante aún como distante debíamos estar los estudiantes dentro y fuera de las aulas. Ya no estaban entre nosotros muchos estudiantes y familiares: habían fallecido unos o estaban todavía en estado de convalecencia por el estado de gravedad con el que los atacó el virus o por las secuelas que les dejó. Recuerdo a una niña que ha quedado con un pulmón artificial con el que anda como una maleta escolar más y que debe andar con medidas de bioseguridad para prolongar su vida; hay otros estudiantes que viven abrumados por la pérdida de familiares y llevan a cuesta el dolor diario y el pesar por los días prolongados de ingreso. Cada uno lleva su pesar y vivencias; unos las cargan con dolor y otros con resignación y optimismo; pero, todos signados por momentos únicos en la historia reciente y no vistas por varias generaciones desde principios del Siglo XX y el gran flagelo a inicios del tercer Milenio en curso y del Siglo XXI.
¡Ah! Habrían muchas anécdotas que contar, hechos reales o recreados por el imaginario humano, con exageración o minimizándolos; historias, comedias, tragedias creadas sobre hechos reales, mentiras, críticas y cuestionamientos: “de todo como en botica” como suele decir un refrán, aunque en el proyecto desde donde escribo, cambiaron el refrán y como su acción es tan diverso, se dice: “De todo como en Granjita”, porque el proyecto se conoce como Granjita Feliz.
En estos últimos meses, luego de hacer un análisis crítico y retrospectivo de lo que significó la pandemia en mi vida personal, familiar y social, tanto a escala planetaria como nacional y local, creo que el mundo no cambió para mejorar las condiciones de vida de los seres humanos. Se estancó con la pandemia la economía en todo el mundo con su secuela de estancamiento y pobreza; las grandes transnacionales y los más ricos modificaron sus producciones y servicios en función de la crisis pandémica y hoy los más ricos son menos y más ricos y los pobres son más y más pobres al tiempo que el mundo sigue a la pobreza, las guerras, la emigración y el desastre ecológico en el planeta.
Y, siendo una adolescente hoy, con una visión más crítica de la realidad nacional e internacional, me pregunto ¿Qué será de la humanidad si acontece una nueva pandemia? ¿Qué será de la humanidad ante el holocausto nuclear si no se toma conciencia de la necesidad real y efectiva del desarme general y completo de las armas nucleares, las que ponen en peligro la existencia del ser humano en La Tierra? ¿Qué será de La Tierra si desaparecen las abejas y otros polinizadores como consecuencia del aumento de la temperatura promedio y sus consecuencias y la aceleración del impacto del Cambio Climático ya existente y con nefastas secuelas?
En mi cabeza se agolpan muchas incógnitas y dudas sobre el futuro mío y el que mi generación legará a las futuras generaciones si llegamos a suceder los desafíos y retos del marco actual, cuyo contexto puede enrarecerse mucho más, por eso deseo seguir estudiando. El futuro debe ser mejor.
Ojalá Canadá crezca más, siga siendo una nación y no agregue una estrella más a la bandera de otra nación, ¡Canadá Estrella!