Loïc Arseneau : Salta a la vista
Todo comienza en un autobús (y se desarrolla ahí, y se acaba ahí también, seamos sinceros, esta historia dura apenas unas páginas). El autobús, lugar de confluencia por excelencia, muestra más o menos representativa de cierto sector de la población, ya sea demasiado pobre o demasiado consciente como para andar en carro (asco notar cómo la primacía del desplazamiento automovilístico, encarnación suprema de la moral burguesa, se cuela desde las primeras líneas de este texto que, se supone, debería ser mío).
En fin, es un autobús típicotípica, más o menos puntual, las ventanas se abren a medias o no se abren, la cuerdita amarilla que se hala para pedir la parada está medio floja, igual que la ética del chofer en cuanto al respeto del código de tránsito.
Cuando el muchacho de la chaqueta gastada, que desde hace unos diez minutos en el crepúsculo incierto de un inicio de tarde se dejaba machacar el cuerpo por las gotas de lluvia, esperando quizás que le abrieran surcos, arroyitos, un mar… ¿qué digo un mar? ¡Que le abrieran un océano! Cuando el muchacho oceánico entra en la guagua típica, confluente y representativa descrita más arriba, sin embargo espera algo más que un simple traslado.
Su sueño seguramente habría que meterlo en el mismo saco que sus fabulaciones de cuerpo irrigado directamente por el cielo, pero es suyo, igual que este texto es mío. Esa fantasía le pertenece y es incluso primordial (lo que quiero decir es que de eso vamos a hablar, bueno). Para decirlo todo (decirlo todo, tremenda misión), esquivando los Tinder, Fruitz y Grindr de este mundo, mortificado ante la idea de exponerse así, su cuerpo entre cuerpos que evocan demasiado, para su gusto, una fosa común, el tipo espera más bien conquistar un corazón en un trayecto hasta el metro Frontenac.
Indolente (e invariablemente), apoyará sus nalgas menudas en el borde del asiento, acomodará obediente su mochila como un bebé pingüino entre las piernas, abrirá sobre sus rodillas Illusions perdues, que sostendrá con delicadeza, dedos finos sobre la portada y pulgares roídos en el borde del libro. Luego, cruzando las piernas y recostando los omóplatos al fondo del asiento, no leerá ni una página. En vez de eso, buscará las miradas que no se apartan de inmediato, saboreará un placer casi voluptuoso en ese juego de ida y vuelta en el que cada cual finge desinterés por turno.
El riego que deseaba bajo la lluvia es la materialidad de esa inundación de reconocimiento, esa terrible alegría de ser visto, mirado, atravesado por una ojeada. No es bonito, ese muchacho, pero tampoco es feo, de una fealdad que fascine y exija sin falta una segunda mirada. No, no es feo, y descubre con exaltación que la mirada no está reservada a los seres extraordinarios, sino a quienes, mutuamente, se abren los ojos.
Esta vez (la única que te cuento, pero no te preocupes, es tan insignificante e intangible como las demás), es otro flacucho con mullet decolorado, doc martens, suéter grueso de lana y riñonera llena de pines anti-todo, casi como si llevara Cégep du Vieux bordado en la frente, que se mete en su pequeño juego (juego cuya eficacia, e incluso existencia, tú y yo podemos dudar sin problema). Se miran (increíble), se miden ( asombroso), el tipo incluso lo roza al sentarse a su lado (inaudito). En tres o cuatro paradas, el desesperado del que venimos hablando desde hace rato se baña en una felicidad desbordante, es una fiesta total en su cabeza, el pseudoanarquista a su lado lo irradia, lo calienta, lo seca por completo.
Pero, como dije desde el principio, estamos en una autobús. No es un lugar, no es fijo, es temporal y se acaba, ese es el asunto. Ahí, ahí mismo, es la parada del decolorado, el sol se va. El tipo con su libro falso sobre las rodillas baja por fin la mirada de verdad. Se queda solo de golpe. Ya no hay inundación, ni sol ni fiesta, solo escalofríos en su chaqueta empapada y páginas en su libro todas onduladas.
A menos que.
A menos que no me dé la gana. Te lo dije desde el inicio, hay que escucharme: tal vez sea su historia (historia es una palabra grande, digamos más bien su pedacito de vida, su anécdota, su ruidito), pero en fin, será su vida, sí, pero el relato es mío. Yo soy quien cuenta, y no tengo ganas de que termine así (ese “así” siendo pueril y fútil como debe ser). Así que me subo yo también al autobúsconfluente, representativo y típico desde la esquina Sherbrooke/Grosvenor (lo escogí porque suena a nombre inventado, y porque puedo). Las puertas se cierran de golpe detrás de mí, pero las entierro armando escándalo por todos lados con mi bastón (no es realmente necesario, es por el personaje). Decidido: voy a vaciar a ese muchachito de su necesidad de mirada, lo suyo no es muy sano.
Paro mi numerito, pliego mi varita y cruzo el autobús (es largo, de esos articulados) para plantarme de pie justo delante de él. De perfil, me ofrezco entero a su vista (y cuando digo entero, no exagero: mi única barrera contra la desnudez es un minishort y una camisola de rejilla). Lo adivino mirándome al vuelo con la esperanza susurrada de que le devuelva la mirada. Y para devolvérsela, se la voy a devolver con creces. Sin avisar (cómo habría avisado, no tengo idea), giro la cabeza y finjo clavarle los ojos como para fijarlo en el asiento a la manera de un recuerdo entomológico. Pero, horror, mentira, tragedia: mis ojos defectuosos, mis pupilas obtusas, lo atraviesan en vacío.
Y ya está: un final para él quizás igual de estéril, pero al menos más cortante. Y ahora te toca a ti quedarte bien solo, preguntándote qué hacer con este cuadro raro pintado por un ciego.