Repensar el concepto de juventud desde la perspectiva guarani mbya
Uno de los primeros temas abordados a lo largo de los encuentros fue la cuestión de qué significa “ser joven“ desde la perspectiva mbya. ¿Cómo evitar la imposición de una categoría colonial basada únicamente en la edad? Para ello, era esencial abrir un espacio de escucha y reflexión, pero también comprometerse a comprender estos significados a partir del mbya rekoModo de ser, manera de vivir. Conjunto de prácticas, valores, responsabilidades y dimensiones espirituales que organizan la vida de los Guarani Mbya – el modo de ser guarani – y del proceso de formación de los xondaro y xondaria en una tekoáComunidad, territorio-colectividad; literalmente «el lugar donde se vive según el modo de ser». Más allá de un espacio físico, es un territorio espiritual, político y relacional.
Consideramos que es esencial reconocer que estas voces son plurales: no existe un “colectivo joven guarani mbya” homogéneo o dotado de un sentido único. Las maneras de “ser joven” son múltiples dentro de una comunidad situada muy cerca de la ciudad e intensamente atravesada por desafíos territoriales e identitarios, lo que hace esta experiencia aún más compleja y exigente. A pesar de estos matices, compartimos aquí algunos fragmentos de las palabras de estos jóvenes, en los cuales ellos y ellas explican qué significa “ser joven“ y cuáles son los desafíos que afirman enfrentar en la vida cotidiana.
Desde esta perspectiva, al acercarnos a las experiencias vividas por los y las jóvenes guarani mbya, constatamos que la noción occidental de “juventud” — comprendida como una etapa intermedia entre la infancia y la adultez — no tiene un equivalente directo dentro de la lógica mbya. Para ellos y ellas, no existe una fase caracterizada por la suspensión de las responsabilidades o la preparación para un futuro venidero. Como nos dice Para Yry (Letícia):
No es la misma cultura que la de ustedes, donde existe la infancia, la adolescencia y la adultez. Aquí solo existen el niño y el adulto. Cuando uno tiene trece, catorce años, ya no es considerado un niño. Uno se convierte en adulto, y nuestra rutina cambia: estudiar, pero también ocuparse de la casa, de nuestra madre, de los mayores… A partir de ese momento, tu madre ya no hace todo por ti, porque debes aprender a hacerte cargo de ti mismo.
Esta transición se observa en el cuerpo, la voz, los gestos y el compromiso con la comunidad. Este momento no es un “convertirse” sino un “estar en relación”.
Para Poty (Tayná) añade:
En el mundo juruatérmino que designa a las personas no indígenas, particularmente a los blancos. En el texto, aparece en plural para designar el mundo exterior, sus expectativas y la lógica no indígena que muchas veces ejerce presión sobre los y las jóvenes, preguntan: “¿Qué quieres ser cuando seas grande?” Pero entre nosotros, los antiguos decían que ya nacemos siendo alguien. Cada persona ya tiene su visión, su papel, su manera de ser.
Así, la identidad no se construye individualmente, sino colectivamente, en una red de vínculos, aprendizajes y responsabilidades.
Sin embargo, estos jóvenes viven en un espacio de frontera — entre la tekoá y la ciudad — donde los discursos y las expectativas provenientes del exterior ponen a prueba sus experiencias cotidianas. El contacto constante con el mundo jurua (no indígena) introduce cuestionamientos y presiones: estudiar, trabajar, justificar su identidad, enfrentar los prejuicios y las imágenes estereotipadas de lo que sería “ser indígena”. Como expresa Para Poty (Tayná), muchas veces resulta agotador tener que explicar y corregir constantemente esas visiones distorsionadas:
Yo pienso así: nosotros también somos la cultura, ¿sabes? Pero a veces uno solo quiere vivir tranquilo, hacer otras cosas, hablar de otros temas, sin estar obligado todo el tiempo a “hablar de la cultura”. Porque muchas veces los jurua esperan que hablemos de una “cultura” que existe en la cabeza de ellos, ¿entiendes? Por ejemplo, quieren saber si andamos desnudos en la comunidad; preguntan si comemos carne humana, ¿ves? Ese es el tipo de imagen que quieren que mostremos. Pero nosotros no somos eso. Y tener que corregir eso todo el tiempo… cansa.
También vemos surgir, en las palabras de los jóvenes, espacios de fortalecimiento espiritual y afectivo: la Casa de Rezaopy, un espacio sagrado donde tienen lugar los rituales, cantos, oraciones y orientaciones espirituales. Es un lugar de sanación, fortalecimiento emocional, continuidad cultural y conexión con los ancestros, la música, la pintura corporal, el jenipapofruto utilizado para la pintura corporal. Asociado con la protección, la fuerza espiritual, la belleza y la sanación. La pintura con jenipapo constituye una práctica fundamental de afirmación cultural y fortalecimiento del espíritu, la vida familiar y los momentos de ocio. Estos elementos no son secundarios: constituyen formas de sanación, protección y re-existencia, particularmente frente a las presiones provenientes del exterior. Kuaray Mirim (Gustavo) lo expresa de manera simple y poderosa al decir que ir a la Casa de Reza, “hace feliz“ — un gesto que nos recuerda que resistir también es cultivar la alegría, la convivencia y el cuidado. Lo mismo sucede con Karai Yappua (Gilson), para quien la Casa de Reza representa un lugar de equilibrio esencial, un espacio que alimenta el espíritu y reafirma el vínculo con los antiguos y con el territorio. Él destaca que no se trata simplemente de un lugar de práctica ritual, sino de un espacio donde uno se reencuentra, donde uno respira con los demás, donde uno recuerda aquello que nos sostiene:
¿Qué es lo que más valoro en mi vida hoy? La Casa de Reza. No cambiaría la Casa de Reza por nada más. Me gusta ir, eso es.
Así, las experiencias compartidas muestran que la juventud mbya no es una etapa definida biológica o cronológicamente, sino una dimensión relacional de la vida, profundamente arraigada en la continuidad entre las personas, el territorio y la ancestralidad. Hay desafíos — el racismo, la pérdida de referencias, la mediación cultural —, pero también hay fuerza y futuro, como explica Karai Mirim (Edilson):
¿Qué espera la comunidad de nosotros? Yo pienso que ella ve que el futuro ha cambiado mucho, ¿sabes? Hoy vivimos un poco en manos de los jurua, porque necesitamos los estudios… Pienso que la comunidad espera de nosotros que terminemos nuestros estudios, porque somos nosotros su futuro, ¿entiendes? Antes no era así… Los antiguos no pensaban en el futuro de esa manera, no pensaban que había que estudiar. Eso no formaba parte de su pensamiento, y yo respeto eso.
Sin embargo, este futuro no se proyecta como una ruptura, sino como la prolongación viva de la memoria colectiva.
Al escuchar estas voces, somos invitados e invitadas no solo a comprender, sino también a descolonizar nuestros propios conceptos. Tal vez aquello que llamamos “juventud” sea, para los Mbya, algo diferente: un tiempo de responsabilidad y alegría, de aprendizaje junto a los y las mayores mientras se crean las propias maneras de seguir caminando. En sus palabras, hay menos una definición que una invitación: mirar el mundo con cuidado, desde la relación, y no desde el individuo aislado.