Un regreso
Existen tantas maneras de regresar, y cada experiencia se vive de forma tan íntima que resultaría casi vano intentar detallar su singularidad.
Como estudiante internacional cubana, haciendo un doctorado en la Universidad de Montreal, quise desde el inicio construir un perfil de investigación que no se redujera a mis orígenes. No por rechazo, sino por una voluntad de apertura y de dispersión identitaria que he aprendido a nombrar, a lo largo de mi formación doctoral, como errática, o más bien planetaria.
Es desde este horizonte, que ya no supone contradicción entre la especificidad del origen y la vastedad del Tout-Monde de Glissant, que mi implicación en este proyecto tomó forma. Su objetivo era poner en relación las distintas maneras en que adolescentes de una América extendida vivieron e interpretaron la experiencia de la pandemia y el confinamiento que la acompañó. Y fue así como se abrió para mí una puerta de regreso, una puerta que daba, al mismo tiempo, a la Habana del pasado y del futuro.
La experiencia tomó cuerpo en Guanabacoa, en el seno del proyecto comunitario Granjita Feliz, gracias al compromiso notable, la generosidad y el arraigo comunitario de sus animadores, Elizabeth Frómeta Mejías y Luis Darío Martos González, quienes se mostraron igualmente entusiastas ante la posibilidad de colaborar con la Universidad de Montreal. Juntos concebimos un programa de talleres, buscando identificar formas de expresión artística capaces de generar espacios de interés común entre el proyecto CRSH y las aspiraciones de los jóvenes de la comunidad.
Desde enero de 2024, adolescentes de 12 a 13 años efectúan encuentros semanales en torno a talleres de agricultura urbana en el huerto El Garabato. Inscritas ya en el trabajo comunitario de Granjita Feliz, estas actividades permitieron instaurar un espacio de confianza y de intercambio previo. A partir de abril de 2024, un grupo más reducido se constituye y da origen a Historias de vida, un taller de creación literaria centrado en la experiencia de la pandemia, que alternaba discusiones, entrevistas informales y escritura individual entre el huerto y la escuela.
En este espacio, libre de discursos impuestos, los participantes pudieron explorar, cada uno a su manera, la experiencia profundamente íntima de crecer en medio de un fenómeno de escala planetaria. Algunos descubrieron, no sin sorpresa, en la escritura un aliado inesperado. Otros movilizaron redes intergeneracionales, entrevistando a padres, abuelos y vecinos para reconstruir una memoria ampliada. Otros encontraron en el lenguaje una forma de dar sentido a vivencias difíciles, aún en proceso de elaboración.
El proceso se prolongó más allá de los primeros talleres, a través de un trabajo de relectura y reescritura entre participantes y animadores, hasta la elaboración de los textos finales. Este recorrido estuvo marcado por un sentimiento compartido de redescubrimiento de sí, en el que varias participantes evocaron la sorpresa de reconocerse capaces de escribir, de pensar y de organizar su propia experiencia. Sin dudas un primer logro, que nos da la medida del camino recorrido.
Sin embargo, el verdadero éxito de esta experiencia reside quizás en la potencia aún latente de sus lecturas cruzadas, entre Brasil, Quebec y Cuba. Lecturas que abrirán, esperamos, horizontes todavía en devenir, y que seguirán alimentando este deseo de regreso, no hacia un origen fijo, sino hacia espacios por construir, aún inexistentes, pero ya imaginables.