Flavia Sofía Vega Díaz : Recuerdos de la hija de una Médico de Familia
Mi vida antes de la pandemia
A principios de 2019 mi vida era normal, al menos como yo consideraba que era una vida normal; iba a la escuela, tenía amigos, paseaba con mi familia, andaba por la calle sin miedo. Estudiaba en la escuela de la enseñanza primaria Antonio Briones Montoto del reparto D´Beche, en el municipio Guanabacoa, La Habana, a unas cuadras de donde resido junto a mi familia en una casa consultorio, en la que mi madre ejerce como Médico de la Familia; cursaba mi cuarto grado en una escuela confortable de la que guardo gratos recuerdos — los que alimentan todos mis sueños y son como las raíces del frondoso árbol que dará frutos valiosos cuando concluya mis estudios superiores —, mi maestra, a quien guardo con agrado en mi corazón, por su bondad y ternura, y que durante ese primer ciclo escolar, durante 4 años, acompañó mis primeros años como escolar, nos guío el camino del estudio y de la correcta aplicación de los conocimientos.
Cuando una persona tosía, no pensaba que podría tener una enfermedad mortal, no pensaba que una persona, por comerse un murciélago podría provocar una crisis mundial, bueno esa era una versión, después que era el pescado que se comercializaba en un mercado chino. En mi cabecita no se entendían bien los comentarios sobre la rara enfermedad que contagiaba con un estornudo o por un beso. ¡Ay! Nada entendía, hasta risa me provocaban algunos de los comentarios que se escuchaban, los que con el curso de las semanas eran más recurrentes. ¡Por toser!
Entre mis aspiraciones estaba ser jefa de colectivo de mi escuela. Con mis amigas jugábamos en la escuela a que teníamos una empresa de modas — esa idea la sacamos de una novela que había en la televisión en esos tiempos —, éramos empresarias sin saber con certeza lo que significa y representa ser una persona tan comprometida con la producción para la moda. Con nuestros colores y crayolas dibujamos vestidos y accesorios que después vendíamos a nuestras amigas por dinero que nosotros mismos hacíamos; Si viajara en un recorrido retrospectivo al pasado en un quitrín tirado por briosos caballos, me gustaría ser de verdad esa empresaria emprendedora de una gran Casa de Modas con diseñadores, pasarelas, costureras, máquinas de coser modernas y toda una instalación de lujo para el disfrute de las mujeres, con modelos para mostrar bellos ejemplares de vestuario para todas las edades y épocas del año.
También disfrutábamos de los juegos de mesas, el parchís en particular, podríamos pasarnos las tardes jugando, nos olvidábamos de, casi hasta del horario escolar. Nos perdíamos en el juego, quedábamos absortas, totalmente idas y distraídas. Algo que me molestaba era que cambiaran las reglas del juego para salir beneficiados algunos o cuando atacaban a un solo jugador para hacerlo perder, me parecían pandilleras en ese momento, eso me daba rabia, me enfurecía y ponía colérica pues era abusivo. En ese momento sentía que el juego perdía toda la gracia, ya no era un juego para disfrutar pues se convertía en un juego donde alguien se iba agraviado y molesto, aunque al rato se le pasara. La escuela siempre fue un atractivo especial en mi vida.
Los fines de semana generalmente la familia lo tomaba para ir a lugares recreativos, a la playa o hacer alguna visita. Mi mamá, mi Papito y mi hermana pequeña disfrutábamos de cada viaje en el que siempre estábamos protegidas por los mayores que no nos perdían huella alguna de nuestras travesuras, las de mi hermanita más pequeña, que siempre ha sido muy inquieta y traviesa, y las mías, que aunque soy más apacible, soy un tanto dominante, cosa que no es del agrado de mi pequeña hermanita. Un lugar recurrente de verano siempre era la playa.
Apareció la pandemia en mi vida
En diciembre de 2019 oí hablar por primera vez de la pandemia. En los noticieros decían que en Wuhan, China habían encontrado una enfermedad llamada Covid-19 que se transmitía a través de las vías respiratorias y para los científicos era prácticamente desconocida. Yo no me preocupaba, ¡quién pensaría que esa enfermedad paralizaría al mundo! Para mí, yo una niña de 9 años, era imposible pensar que una enfermedad iba a paralizar el mundo y sería la culpable de un encierro que duraría más de dos años.
Como infante escuchaba sin preocupación lo que se comentaba sobre esa cosa que le llamaban Covid o Coronavirus, cosa que ni me interesaba y era distante de mis motivaciones infantiles; pero, la enfermedad se hacía más recurrente en la TV y en la conversación familiar, mucho más en mi caso por ser mi madre Médico del consultorio en los bajos de mi casa, a donde acudían muchas más personas a consultarse al calor de una enfermedad que aún no había visitado Cuba, ni había sido invitada por nadie. Creía como niña, que ese fantasma con corona no llegaría a la isla, que nos protegía un sistema de salud único en el mundo. Ya había escuchado que los Hospitales de países ricos colapsaban, recuerdo que pregunté qué era colapsaban y mi mamá me explicó en resumen y me dijo lacónicamente: “No te preocupes, lo tuyo es estudiar”.
En febrero del 2020 celebré mi cumpleaños número 9, no imaginaba que ese sería el último cumpleaños que celebraría junto a mi familia y amigos en mucho tiempo. En marzo, la enfermedad comenzaba a propagarse rápidamente por Europa y América, el día 24 de ese mismo mes, mi país fue totalmente cerrado, se cerraron las escuelas, las cafeterías, los hoteles, los hospitales, en fin, todo el país.
Al principio, para mí eran unas vacaciones, un descanso de la escuela, las tareas y de levantarse a las seis de la mañana. No dimensionaba la situación que en el mundo se vivía, cuando veía los noticieros y anunciaban los muertos y contagiados, yo solo veía cifras, no veía que esas personas tenían una ida, aspiraciones, sueños y familia, y todo eso podía verse arruinado por un virus.
Mi mamá, para protegernos a mí y a mi hermana, había comprado unas mascarillas de color rosa con dibujitos por si teníamos que salir de la casa. Eran tan bonitas que moría por usarlas. Pero ya tendría tiempo de usarlas, dos años serían más que suficientes. ¡Quién diría que ese sería mi pasaporte de salida si osaba pisar la calle.
Los días pasaban, ya no era tan divertido estar en casa, y ver televisión era rutinario igual que las desveladas hasta las dos de la mañana. Los colores empezaron desgastarse junto con mi imaginación y la acabara, y es que las vacaciones son divertidas cuando vas a jugar con tus amiguitas, ir a los parques, a la playa, pero estar sola en casa pierde la diversión muy rápidamente. El teléfono se volvió mi conexión con mis amigas y el mundo en general, pasaba horas pegada a él, menos mal que yo no pagaba la cuenta telefónica…
Aprender a vivir con ella
A veces, cuando estar encerrada en cuatro paredes me agobiaba al punto de no dar más, bajaba junto con mi hermana pequeña al patio de mi casa para jugar con la pelota, o simplemente ver los carros pasar, carros que cada vez eran menos. Muchas veces me acerqué a la reja de mi casa para sentirme más cerca de la calle que tanto extrañaba, en ocasiones me sentí tentada, ya eran muchos meses de encierro y yo anhelaba la sensación de caminar plenamente por mi barrio, pero luego, me paraba en seco y reflexionaba acera de los riesgos y complicaciones que esto suponía para mí y mis seres queridos, después, me alejaba lentamente de la reja y volvía a jugar con mi hermana.
Pronto me vi obligada a idear nuevas actividades para entretenerme y no caer en el vacío de la soledad y el aburrimiento. Una de mis maravillosas ideas, bueno, de mi mamá, fue dibujar en cartones las siluetas de nuestras manos para practicar sobre ellas como pintar las uñas, ya que esto siempre nos había llamado la atención, así que del cajón de mamá buscamos algunos esmaltes viejos y nos pusimos manos a la obra. Así estuvimos uno cuantos días, pero como todo, se volvió rutinario.
En los primeros meses de confinamiento mi papito (que en realidad es mi padrastro, pero se me hace una palabra muy fea para decirle a una persona que quiero tanto) estaba en casa porque su trabajo se lo permitía ya que trabajaba para el sector del turismo, pero debido a la pandemia tuvo que cambiar de trabajo y este si lo requería de manera presencial. Mi mamá, por otra parte, era doctora y como estaba la situación en el país no podía darse el lujo de dejar de trabajar, además ella siempre ha disfrutado mucho de su trabajo y estaba muy comprometida con sus pacientes, así que no los dejaría en el momento en el que más la necesitaban. Por estas razones mi hermana y yo pasabas casi todo el día solas, bueno, no solas del todo porque mi mamá trabajaba en el consultorio debajo de la casa y a cada rato subía para ver que mi hermana y yo no estuviéramos armando la tercera guerra mundial.
Un día de repente, decidí cambiar por completo mi rutina para ser más productiva, pasaba de levantarme a las 12 del mediodía a las 9 de la mañana, también pronto comenzarían las teleclases algunas eran por la mañana. Mi rutina se basaba en levantarme, desayunar algo y mientras lo hacía ver la conferencia del doctor Durán que prácticamente se convirtió en parte de la familia cubana durante el confinamiento, luego me ponía a hacer la actividad que hubiera seleccionado para ese día que podría ser coser, bordar, jugar a las cocinitas, dibujar, jugar parchís conmigo misma o cualquier otro juego o actividad que me inventaba, siempre he sido una niña muy versátil. Respecto a las teleclases que mencioné, estas fueron la alternativa del gobierno para las clases presenciales, estas eran muy aburridas e incluso se llegaban a sentir inútiles. No era lo mismo dar clases sin compañeros con quién competir por ver quien terminaba primero o con quien compartir las repuestas, pero no podíamos darnos el lujo de dejar de estudiar, ya llevábamos 4 meses de confinamiento y la pandemia parecía no tener fin.
Mis padres
Mi papá nunca ha vivido conmigo, cuando yo tenía 8 meses mis padres se divorciaron y a mis 7 años emigró. El venía a verme 1 o 2 veces al año, pero por la pandemia no podíamos vernos así que nuestra conexión era por mensajes o video llamada. Últimamente lo sentía lejos, tenía miedo de que se enfermara el o la familia que con él vivía.
Como dije antes, mi mamá es doctora por lo que estaba muy ligada a lo que estaba pasando, muchas veces no me daba cuenta, pero mi mamá se exponía mucho al contagio, por suerte ella siempre ha sido muy responsable, por lo que ella se cuidaba mucho y tomaba todas las medidas necesarias, usaba en consulta dos mascarillas y cuando salía usaba careta. Eso me tranquilizaba ya que así se reducía el contagio.
En mi mente quedó grabado un recuerdo particular: la primera vez que hubo en contagiado en nuestra zona. Ella tuvo que ir a reportarlo y atenderlo. Recuerdo claramente la ropa que tenía puesta, traía uno de los trajes que usaban los médicos para tratar a los contagiados, una bata azul que le cubría desde el cuello hasta los tobillos, en la cabeza llevaba un gorro, en la cara dos mascarillas y una careta. Cuando la vi así, de inmediato me recordó a los médicos que ponían en la televisión, eso que decían que eran muy valientes y ponían su vida en riesgo para ayudar a los demás. Ver a mi mamá así me llenó de miedo y orgullo al mismo tiempo, aunque mi mamá estuviera arriesgando su vida, ella lo hacía por un bien mayor y para mantener a salvo a la comunidad. Algo que me molestó es que muchos doctores no querían trabajar y ponían excusas estúpidas para no hacerlo y seguir cobrando su salario. Esto a mi mama la sobrecargaba mucho, ya que si ocurría algo con los pacientes de otros doctores ella tenía que hacerse cargo, aunque lo hacía sin problemas porque sabía que a ella acudían personas simples y comunes con problemas y necesidades que necesitaban resolver, más aún en tiempos de pandemia. De todas formas, no era justo que mi mamá tuviera que cargar con el trabajo de los demás, ni culpa de los pacientes la falta de vocación de sus médicos. Gracias a esta situación mi mamá tenía que hacer guardias más largas y con más frecuencia. No hace falta decir que eso era agotador y muy riesgoso, ya que pasaba todo el día atendiendo pacientes que probablemente estuvieran contagiados. Yo trataba de alejarme de eso, ya el encierro era bastante agobiante como para enfocarme en los riesgos que mi mamá tomaba por su trabajo, yo en el fondo sabía que mi mamá era responsable y consciente de los riesgos a los que se afrontaban y se protegía en consecuencia con todas las medidas necesarias, y si se contagiaba sería consecuencia de haber ayudado a cientos de personas a atravesar esta terrible pandemia.
Festividades en cuarentena
Pronto llegaría diciembre, el mes de las fiestas y de compartir en familia, también el mes en el que mi hermana cumple años. Ella tenía ganas de celebrarlo y mi madre, siempre tan ocurrente, decoró la casa para que ella no estuviera triste, pero no era lo mismo, era extenuante la incertidumbre de no saber cuánto duraría el encierro, cuantos cumpleaños más pasaríamos sin poder compartir con nadie, cuantas personas vivirían para contarlo, quiero salir, ya no aguanto siento que estoy presa en mi propia casa, ¿hice mal algo yo para estar presa? Todos los pensamientos que pasaban rápidamente por mi cabeza y no me atrevía a exteriorizar porque sabía que estos pensamientos flotaban como nubes, o más bien tormentas por las cabezas de todos y si todos nos poníamos a quejarnos la situación sería insostenible en la convivencia con las únicas personas que podíamos compartir. Ya no eran unas pequeñas vacaciones, era un infierno sin salida que solo parecía ir a peor. Creo que a estas alturas del confinamiento todos estábamos sufriendo los estragos de la pandemia, a menos que vivieras en una montaña alejada de cualquier civilización. Si el universo quería castigarnos creo que ya era suficiente. Aun así, creo que mi situación era una película de comedia comparada con la de otras personas, sin ir más lejos, la de mi mamá, que exponía su salud para ayudar otras personas o la de las personas que hacían prácticamente magia para poder mantener a su familia y llegar a fin de mes.
El infierno del siglo XXI
Reflexionando acerca de la pandemia, me recuerda a la divina comedia, esa novela italiana tan famosa y popular. La tierra vendría siendo el décimo círculo del infierno, donde se encontrarían todas las personas sin importar si eran culpables o no. El castigo sería estar en confinamiento constante y correr el riesgo de enfermar o poder perder a nuestros familiares e incluso nuestra propia vida. Y por supuesto que satanás sería el coronavirus, ese virus odioso que todos odiábamos, que por más pequeño que fuera, estaba causando estragos en el mundo de manera indiscriminada. Ahora la pregunta era si este infierno sería por toda la eternidad o encontraría fin en algún punto de su existencia. En el fondo de mi corazón encontraban guardadas las ansias de que todo volviera a la normalidad. Uno podría pensar que una niña en su casa no tendría ninguna preocupación, que podría dedicarse a jugar con sus muñecos o ver televisión, en principio creí que así sería, no me preocupaba por nada, pero eso no duraría mucho tiempo. Sí, era divertido en un principio tener tanto tiempo para jugar y divertirme, pero cuando tu única compañía se vuelven los peluches y muñecos comienzas a extrañar a las personas que ante te rodeaban. Así no se puede vivir, con esa incertidumbre de no saber si la vida ahí afuera continuaba y si seguía siendo como yo la recordaba, si mis amigos lo recordaban igual o si ellos también se divertían. En eso momento no pude aclarar mis dudas, pero pronto encontré la manera de hacerlo.
Mi nueva conexión con el mundo exterior
Llegó el punto en que mi mamá comenzó a darse cuenta de lo que me pasaba. Y que comenzaba a extrañar a mis compañeros, aunque a veces hablábamos por teléfono, era costoso y no se sentía igual. Para mí fortuna, mi mamá, que ya pudieron percatarse que es muy ingeniosa, encontró en Messenger una adaptación para niños que les permitía chatear con amigos y familias, con la diferencia de que los padres podían ver y controlar los mensajes que el hijo enviaba. También había juegos dentro de la aplicación que podías compartir con tus amigos virtualmente y usar filtros graciosos para fotos o video llamadas. Sin duda esto me puso muy feliz, a principio me preocupaba que mis amigos no pudieran tener la aplicación o los padres no los dejaran, pero mi espléndida madre habló con cada uno de los padres para que la descargaran y le permitieran usarla. Eso representó una pequeña cura en mi corazón poco a poco sentía que volvía a tener esa conexión con mis amigos, también me permitía tener más con mi comunicación con mi papá en cualquier momento y no solo cuando mi mamá me prestaba su celular. Y cuando mi mamá no estaba en casa también podía hablar con ella.
Mi relación con mi hermana
Mi hermana es casi cuatro años menor que yo, y aunque compartimos madre no nos parecemos en absoluto, ni en lo físico, ni en lo personal. Nuestras personalidades eran muy diferentes, pero las dos teníamos caracteres muy fuertes que ante un confinamiento forzado chocaban abruptamente dando paso a pequeñas y no tan pequeñas discusiones bastante inoportunas, ya que ocurrían cuando mi mamá trabajaba y para frenarnos tenía que interrumpir su atareada labor e intentar frenar la discusión. A veces intentaba jugar con ella, pero siempre pasaba algo, algunas veces no quería, otras no nos poníamos de acuerdo o en ocasiones la que no quería era yo, entonces pensé que sería mejor que cada cual estaría mejor en su mundo, así evitábamos pelearnos y darle más problemas a mamá, lo que no sabía es que haciendo esto lograríamos distanciarnos bastante y crear una brecha entre nosotras. Inevitablemente teníamos que interactuar, afortunadamente ese contacto que teníamos de manera casi obligada logró que poco a poco fuéramos limando nuestras asperezas y pudiéramos restaurar nuestra relación. No voy a negar que de vez en cuando tenemos nuestros roces, pero nada que no se pueda solucionar. Creo que el motivo de las pequeñas guerras entre mi hermana y yo es que ella tiene cierta habilidad para los deportes de lucha, mientras que yo paso trabajo hasta para matar un mosquito, aun así tengo por ella un gran cariño, ¿Cómo no podría quererla? Ella es mi única hermana.
Lo mejor de la cuarentena
Muchos dirán que la cuarentena tuvo cosas buenas y la verdad es que estoy de acuerdo, pero mientras algunos abogan que lo mejor fue la mejora que tuvo la capa ozono o que las personas pudieron mejorar las relaciones con las personas de su alrededor, para mí sin duda lo mejor de este horrendo confinamiento fue la llegada de un nuevo miembro de la familia, esta vez de cuatro patas, orejas bien grandes y hocico alargado, por supuesto que hablo de mi perro, Leo, un chihuahua que actualmente tiene 3 añitos y apenas logra rebasar el tamaño de mi pie. Tener un perro siempre había estado en mis aspiraciones tener un amigo de cuatro patas, pero mi mamá renegaba profundamente la idea. Cuando a cuarentena llegó cambiaron las cosas, y no es que me haya mudado, es que me sentía sola, aunque podía hablar con mis amigos, aunque había encontrado cosas en la que entretenerme, faltaba algo que llenara el vacío de los estragos de la pandemia, ese vacío era el agujero perfecto para que Leo entrara en él. Así fue como un 3 de julio de 2021 llegó a mí una pequeña bolsa que supuestamente tenía dulces, pues los dulces resultaron ser una pequeña bolita con los ojos tan saltones que parecían salir de sus cuencas. Demostrado así que las cosas más bellas llegan cuando menos las esperas.
La vacunación contra la pandemia
Pronto se anunciaría que comenzarían las campañas de vacunación contra el virus del COVID 19, esta daría paso al comienzo de algo llamado nueva normalidad, que consistía en que a medida que las personas se fueran vacunando contra la enfermedad, fuera retomando las actividades que hacían cotidianamente y se habían visto restringidas por la pandemia que nos estaba afectando. La vuelta a la nueva normalidad era algo que todos anhelábamos, pero debía hacerse con cautela, ya de que no ser así podríamos retroceder todo el avance que habíamos logrado sería en vano, al igual que el arduo trabajo de los médicos, por eso, la transición a la nueva normalidad debía ser lenta y precisa. Y si de algo todos estamos claros es que el primer paso era la vacunación.
Los primeros fueron los trabajadores de la salud, ya que eran los que más en riesgo se encontraban. Después siguieron los adultos, recuerdo que cuando comenzó la campaña de vacunación hubo gran alegría en mi barrio, durante las dos semanas que duró la aplicación de la primera dosis de la vacuna todo transcurrió sin problema, esta se llevó a cabo en un lugar cerca de mi casa, mi mamá iba todos los días desde por la mañana hasta por la tarde. Mi manera de ayuda era preparando los pomos con hielo que eran necesarios para que la vacuna se conservara en una temperatura adecuada. Sin duda tener 5 vacunas creadas y producidas en el país era un gran mérito motivo de orgullo para todos, ya que cuba desarrolló la primera vacuna en el caribe y con un gran porcentaje de efectividad. Los logros de la vacuna sin duda eran impresionantes, al igual que vacunar contra la enfermedad a la mayoría de la población en solo 3 meses, pero aún faltaba lograr algo muy importante: vacunar a la población infantil. La vacunación en este sector era más que necesaria para poder lograr la transición a la tan añorada nueva normalidad.
La vacunación de los niños fue en las escuelas, eso me alegró mucho ya que por fin volvía a ese lugar que tanto extrañaba. La primera vez que fui a la escuela después del confinamiento fue para mí una gran alegría ya que me permitía volver a ese lugar donde tan feliz fui. Además, que la vacuna era algo que todos anhelábamos, porque nos permitiría volver a poder jugar junto a nuestros compañeros, salir a pasear, entre otras cosas, bueno esa era la utilidad que yo le veía en mi ente infantil, por supuesto para los adultos era diferente y más aún para la humanidad, la pandemia había traído muerte, desgracias, perdidas económicas, perdidas de trabajo, cierre de negocios, junto con muchas cosas más, y aunque también había traído cosas buenas no se comparaba contra la nube e negatividad que representaban todos sus estragos. Sin hablar de todos los problemas de salud mental que trajo consigo.
La transición a la nueva normalidad
Cuando ya estábamos todos vacunados los riesgos de contagios contra la enfermedad habían disminuido, para nada quiere decir que éramos inmunes contra la enfermedad, ni que el riesgo de contraerla había desaparecido, solo que si lo contraíamos los riesgos de llegar a un estado grave o crítico de la enfermedad se veían muy reducidos, al igual que los riesgos de muerte, pero igual podíamos contagiarnos, por lo que debíamos seguir siendo cautelosos con las medidas de seguridad que tomábamos.
Sin duda una de las prioridades del gobierno era la vuelta a clases, y que estábamos todos vacunados y los contagios habían comenzado a disminuir, era el momento perfecto para la vuelta clases presenciales. En septiembre comenzaron los alumnos de la enseñanza superior que ya estaban vacunados y en noviembre, cuando ya la población pediátrica había recibido las tres dosis de la vacuna correspondiente se anunció que paulatinamente comenzaría la vuelta a clases post pandemia, esta será dependiendo de la situación epidemiológica de cada provincia, algunas comenzarían en noviembre, otras en febrero y en el resto sería en marzo, el cual sería el caso de mi provincia. También se anunció que sitos públicos como piscinas, playas, restaurantes, gimnasios, etc., volverían a funcionar en las provincias con bajos casos reportados con menos capacidad para evitar el hacinamiento. También se abrirían las fronteras para el turismo, lo cual ayudaría a la economía, que depende fuertemente de esta actividad.
Desgraciadamente no todo salió según lo planeado, ya que unos meses después de la vuelta a clases hubo un repunte de contagios en gran parte de nuestro país lo que forzó a las autoridades a volver a cerrar las escuelas. Recuerdan que el principio les había dicho que entre mis aspiraciones estaba ser jefa de colectivo, pues cuando se reanudaron las clases presenciales y escogieron los destacamentos de cada aula, a mí me escogieron como jefa de destacamento, ya que por la pandemia se habían suspendido las actividades del colectivo y todo se redujo al nivel de cada destacamento, o sea, de cada aula. Esto me colocaba más cerca de mi objetivo y estaba segura de que cuando las actividades se reanudaran yo lograría mi meta, pero cuál fue mi sorpresa cuando al día siguiente de ser elegida cerraron las escuelas. Técnicamente fui jefa de colectivo por menos de 24 horas, de verdad sentía que el universo se reía de mí en mi cara.
Por suerte este nuevo confinamiento no duró mucho. Cuando recibí la noticia de que volvería al confinamiento, cualquier ápice de esperanza que había en mí desapareció, sentía que esto sería eterno, por suerte, como dije antes, este confinamiento no duró tanto ya que en breve anunciarían que el 5 de septiembre de 2022 por fin se reanudaría el curso. Nunca creí estar más feliz por volver a la escuela. Obviamente esta vez esperaron a que la baja taza de contagio se mantuviera por un buen tiempo para no tener una nueva ola de contagio. Por fin podría terminar mi cuarto grado y avanzar aun nivel superior.
La pandemia llegó a mí vida en un momento de cambio, los cuales no me encantan, la maestra que nos había enseñado durante tres años había decidido aceptar el rol de Directora, ya que no había quien dirigiera la escuela. En ese momento ya estábamos en confinamiento y no había nada confirmado sobre la continuidad de la dirección del centro escolar, pero los rumores cada vez sonaban más fuertes acerca de que la maestra pasaría a la dirección de la escuela. Yo me rehusaba a creerlo, para mí era imposible creer que la maestra que me había enseñado durante tres años ya no lo sería más. Había desarrollado un gran vínculo con ella, era una maestra muy sería y exigente, pero se daba el tiempo de jugar con los estudiantes y ayudarnos en lo que necesitáramos; por supuesto, no quería separarme de ella, para mí fortuna la pandemia retrasaría ese proceso, aunque no sería para siempre.
Cuando volvieron a comenzar las clases nos asignaron al grupo una nueva maestra, la cual era desconocida pues antes no trabajaba en el centro, al principio no me cayó muy bien pero con el paso del tiempo comenzamos a entendernos, luego pasé al 4to. Grado donde nos enseñarían dos nuevas maestras, las cuales ya conocíamos, una era mi maestra de Computación, quien era muy agradable y me gustaba su forma de enseñar, lo que nunca imaginé que fuera mi maestra guía; la otra era la bibliotecaria de la escuela, con la que también estaba familiarizada, aunque mucha cara de maestra no tenía. Con ellas dos di parte de Tercer y Cuarto. Ellas estuvieron presentes en mi cambio de pañoleta como Pionera, es decir, de Pionero Moncadistas con pañoleta azul, pasaba a ser Pionera José Martí con pañoleta Roja, ese momento para mí era muy significativo ya que significaba mi ascenso en el nivel escolar, era algo que esperaba con ansias, en años anteriores había visto como otros niños cambiaban de pañoleta y para mí era un acto muy bonito, pero debido a la situación epidemiológica mi acto fue en el aula sin los padres presentes y no duró más de 15 minutos, aunque tuve la oportunidad de leer unas palabras antes de comenzar el acto; por supuesto, eso me puso triste ya que mi mamá ni mis familiares pudieron estar presentes ni hubo la fiesta que tradicionalmente se hacía, pero tampoco se podía hacer más pues se podría producir una ola de contagios y las medidas eran extremas.
Todo iba bien, pero comenzaron a aumentar los casos de contagios, ingresados y muertos por la pandemia y volvió un cierre más riguroso hasta que en septiembre de 2022 volvió a comenzar el curso escolar y como ya era de costumbre con una nueva maestra, esta se llamaba Ceilán, a la que si no soportaba, me disgustaba el hecho de que dividiera a los niños según las capacidades de los niños según ella consideraba, en vez de ayudarlos a mejorar les ponía ejercicio más fáciles para no tener que ayudarlos, al resto les daba las clases normales, eso me molestaba pues lo veía como un acto discriminatorio con los niños de más dificultades docentes.
Afortunadamente no tuve que dar muchas clases con ella, ya que pronto pasaría para 5to. Grado, curso en el que de nuevo sufrí al tener dos nuevas maestras, cómo se puede apreciar en menos de dos años, había tenido seis maestras y ninguna parecía durar mucho en el ejercicio magisterial. Con estas dos tenía esperanzas, ya que la que sería maestra guía, la profe Milagros, había sido maestra de mi mamá y de parte de otros familiares, y llevaba muchos años en la enseñanza, y aunque tenía fama de ser una maestra demasiado dura, lo que es cierto, tenía un humor irrepetible, hacía chistes y cuentos hasta de lo menos pensado y siempre nos hacía reir. Ella nos impartía ciencias; sin embargo, la otra maestra, que nos daba Letras, aunque ya la conocía, no me entusiasmaba mucho recibir sus clases ya que no tenía nada que ver con la profe Milagros, siempre fue maestra del primer ciclo y no era muy comunicativa ni tenía pedagogía para la enseñanza, aunque se decía que era maestra multigrado, no mostraba habilidades para llegar a los estudiantes. Con estas dos maestras concluí mi segundo ciclo de la enseñanza primaria, graduándome de 6to. Grado y sigo recordando con cariño las enseñanzas de mi profe Milagros.
Poco a poco los seres humanos comenzamos a ver la pandemia como algo pasado a pesar de continuar existiendo casos aislados y nuevas amenazas de enfermedades y virus como algo normal de la vida cotidiana poco a poco volvíamos a tener la vida habitual, ya concluíamos la nueva normalidad y Cuba y el mundo se encontraban en un nuevo proceso en el, pues al final las cosas deben salir bien la calle, no solo a la escuela, ya podía jugar con mis amigos sin la barrera del nasobuco presente ni la necesidad del distanciamiento. Parecía como que las cosas cada vez más se pusieran en el camino de la normalidad, claro no todo podía ser absolutamente igual, ya que el mundo había pasado por una pandemia global y todo estaba patas arriba, pero con el paso del tiempo volvía a estar de pie.
Hace unos años era impensable volver a pensar en el mundo que tuvimos y ahora está delante de mi, demostrando que al final las cosas salen bien y si no salen bien es porque no es el final. Espero ser profesional y hacer familia. Creo en un futuro mejor y próspero.